Prólogo
-Hubo un
tiempo en el que solo existían las sombras, donde nada estaba definido y nada
era fijo, todo era inconstante y voluble.
Lo material y
lo efímero, estaban mezclados en una estática vorágine, ordenada por la
carencia de otra posibilidad. De este contraste nacieron las dos mayores
fuerzas, la Madre, que se encontraba en el centro del huracán y permitió a
parte de las sombras aposentarse y cambiar.
Por otro lado
los vientos del desorden tomaron la forma del Padre, que mordía las formas de la Madre , lanzando elementos a
la espiral, y regurgitando otros sobre ella, forzando a algunas de las sombras
a cambiar.
Pero llegó el
momento en que algunas, pero no todas las sombras, se separaron ligeramente, y
por un momento existió lo material y lo efímero por separado. Aún así, en el
límite entre ambas existencias, entre la luz y la oscuridad, en el más delgado
de los límites, seguían siendo, en esencia, sombras.
Como una mecha
prendida se extendió la segregación, algunas sombras rechazaron su parte oscura,
y aceptaron la luz de las que otras se desprendieron a favor de la oscuridad.
Pero eso no evitó que algunas permanecieran en su estado primordial. De este
evento, y de la santa carne de la
Madre y de la tóxica sangre del Padre, nacieron las tres diosas
que hacen que el mundo gire, y que trajeron a las tres primeras especies a la
tierra.
Luminatea,
la más cercana a la parte efímera de la Madre y la menos afectada por la sangre del
Padre, mantiene firme los principios del orden y la evolución. Por otro lado
Aclua la más cercana al Padre, que sacrificó su santidad a favor de sus
hermanas se entregaba a los placeres que se pueden obtener en la oscuridad y en
el momento.
Sus
incompatibles esencias ambas apreciaron rápidamente la existencia de Escia, pues
en ella se encontraba el equilibrio de ambas, de la Madre y del Padre.
Por petición
de las sombras que en su momento dieron vida a sus progenitores, ellas les
moldearon y dieron cuerpo, y separaron lo material de su parte efímera, para
que ambas existieran, sin estar separadas, pero sin estar mezcladas por ello.
Cada una les dio los rasgos y bendiciones que creyó oportunas, pero cuando
fueron a habitar la tierra que solo estaba compuesta de oscuridad, luz y
sombras, descubrieron que sus cuerpos, demasiado pesados, caían en la combinación
de un mundo compuesto a partes iguales por lo que existe y lo que no.
Por ello, las
diosas, con una parte del poder de cada una crearon a Gea, que por el día sería
vigilada por el sol, en el que habita Luminatea, las noches pertenecerían a
Aclua y entre las vigías de estas Escia realizaría su labor de guarda.
Las primeras
razas pudieron habitar el mundo, pues Gea era generosa, y tenían la luz para no
perderse, las noches para liberarse de las ataduras del día y las sombras para
aquel que las buscara. Algunos de los primeros seres se compadecieron de Gea,
pues era la única diosa sin hijos, y aún así cuidaba de todos ellos, por lo que
algunos se consagraron a ella, y las diosas le permitieron moldearlos como
considerara oportuno.
Pasado un
tiempo, los habitantes, y la propia Gea, suplicaron a las diosas, que trajeran algo que diera calor.
Luminatea, la
que escucha siempre con más claridad las oraciones tomo de su propio cuerpo la carne y la sangre
para crear a Piros, su hijo, que le abrazo con intensidad y desde entonces el
sol arde.
Aclua y Escia indignadas por ésta manera de
desequilibrar la balanza entre las tres fuerzas tomaron como decisión extraer
de Gea la luz, y dejar en su esencia solo oscuridad. Es por eso que en las
cavernas no hay luz alguna.
Piros con su
fuerza constante comenzó a causar dolor a Gea, en su piel se abrieron heridas,
por las que la hirviente sangre brotaba.
Ante el dolor
de su hija, Aclua creó de su sangre y su carne a Hidros que cubrió las heridas
de su hermana y las curó.
Luminatea al
ver que su hijo no solo dañaba a Gea, si no también a los hijos de las diosas,
creó con su cabello y su carne a Aeran, la doncella que extendió un velo entre
los hijos y Piros de manera que nunca más les quemase.
Con el paso
del tiempo cada uno de ellos trajo a su propia especie, pero lo que ocurre con
la parte efímera de cada uno de nosotros es que genera las emociones que mueven
nuestro caparazón material, y esas emociones trajeron guerras y combates. Por que
en todos nosotros sigue habiendo una pequeña fracción de la sangre del Padre.
Así como
ocurre con nosotros ocurre con los dioses, que entre ellos también se enzarzan
en batallas. Esas guerras han traído magníficos eventos al mundo, y las
relaciones entre las especies han hecho que las sangres se mezclen alumbrando
nuevas razas. Es por eso, que en nuestra mente y sociedad debe existir la
rectitud de la Madre ,
puesto que podemos observar que en todo lo demás existe la huella, a veces
demasiado intensa, de la perversión del Padre.
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