sábado, 4 de agosto de 2012

Prólogo


Prólogo

-Hubo un tiempo en el que solo existían las sombras, donde nada estaba definido y nada era fijo, todo era inconstante y voluble.

Lo material y lo efímero, estaban mezclados en una estática vorágine, ordenada por la carencia de otra posibilidad. De este contraste nacieron las dos mayores fuerzas, la Madre, que se encontraba en el centro del huracán y permitió a parte de las sombras aposentarse y cambiar.

Por otro lado los vientos del desorden tomaron la forma del Padre, que mordía las formas de la Madre, lanzando elementos a la espiral, y regurgitando otros sobre ella, forzando a algunas de las sombras a cambiar.

Pero llegó el momento en que algunas, pero no todas las sombras, se separaron ligeramente, y por un momento existió lo material y lo efímero por separado. Aún así, en el límite entre ambas existencias, entre la luz y la oscuridad, en el más delgado de los límites, seguían siendo, en esencia, sombras.

Como una mecha prendida se extendió la segregación, algunas sombras rechazaron su parte oscura, y aceptaron la luz de las que otras se desprendieron a favor de la oscuridad. Pero eso no evitó que algunas permanecieran en su estado primordial. De este evento, y de la santa carne de la Madre y de la tóxica sangre del Padre, nacieron las tres diosas que hacen que el mundo gire, y que trajeron a las tres primeras especies a la tierra.

            Luminatea, la más cercana a la parte efímera de la Madre y la menos afectada por la sangre del Padre, mantiene firme los principios del orden y la evolución. Por otro lado Aclua la más cercana al Padre, que sacrificó su santidad a favor de sus hermanas se entregaba a los placeres que se pueden obtener en la oscuridad y en el momento.

Sus incompatibles esencias ambas apreciaron rápidamente la existencia de Escia, pues en ella se encontraba el equilibrio de ambas, de la Madre y del Padre.
           
Por petición de las sombras que en su momento dieron vida a sus progenitores, ellas les moldearon y dieron cuerpo, y separaron lo material de su parte efímera, para que ambas existieran, sin estar separadas, pero sin estar mezcladas por ello. Cada una les dio los rasgos y bendiciones que creyó oportunas, pero cuando fueron a habitar la tierra que solo estaba compuesta de oscuridad, luz y sombras, descubrieron que sus cuerpos, demasiado pesados, caían en la combinación de un mundo compuesto a partes iguales por lo que existe y lo que no.

Por ello, las diosas, con una parte del poder de cada una crearon a Gea, que por el día sería vigilada por el sol, en el que habita Luminatea, las noches pertenecerían a Aclua y entre las vigías de estas Escia realizaría su labor de guarda.

Las primeras razas pudieron habitar el mundo, pues Gea era generosa, y tenían la luz para no perderse, las noches para liberarse de las ataduras del día y las sombras para aquel que las buscara. Algunos de los primeros seres se compadecieron de Gea, pues era la única diosa sin hijos, y aún así cuidaba de todos ellos, por lo que algunos se consagraron a ella, y las diosas le permitieron moldearlos como considerara oportuno.

Pasado un tiempo, los habitantes, y la propia Gea, suplicaron a las diosas,  que trajeran algo que diera calor.
Luminatea, la que escucha siempre con más claridad las oraciones  tomo de su propio cuerpo la carne y la sangre para crear a Piros, su hijo, que le abrazo con intensidad y desde entonces el sol arde.
 Aclua y Escia indignadas por ésta manera de desequilibrar la balanza entre las tres fuerzas tomaron como decisión extraer de Gea la luz, y dejar en su esencia solo oscuridad. Es por eso que en las cavernas no hay luz alguna.
Piros con su fuerza constante comenzó a causar dolor a Gea, en su piel se abrieron heridas, por las que la hirviente sangre brotaba.
Ante el dolor de su hija, Aclua creó de su sangre y su carne a Hidros que cubrió las heridas de su hermana y las curó.
Luminatea al ver que su hijo no solo dañaba a Gea, si no también a los hijos de las diosas, creó con su cabello y su carne a Aeran, la doncella que extendió un velo entre los hijos y Piros de manera que nunca más les quemase.

Con el paso del tiempo cada uno de ellos trajo a su propia especie, pero lo que ocurre con la parte efímera de cada uno de nosotros es que genera las emociones que mueven nuestro caparazón material, y esas emociones trajeron guerras y combates. Por que en todos nosotros sigue habiendo una pequeña fracción de la sangre del Padre.
Así como ocurre con nosotros ocurre con los dioses, que entre ellos también se enzarzan en batallas. Esas guerras han traído magníficos eventos al mundo, y las relaciones entre las especies han hecho que las sangres se mezclen alumbrando nuevas razas. Es por eso, que en nuestra mente y sociedad debe existir la rectitud de la Madre, puesto que podemos observar que en todo lo demás existe la huella, a veces demasiado intensa, de la perversión del Padre.

















Padre Occel Xaus
            -Sermón
 
 


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